Hay que estar del lado correcto de la historia

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Ernesto Miguel

 

Este 6 de junio los mexicanos tenemos una cita con la democracia en las que han dado en llamar las elecciones más grandes de la historia de México.

Más allá de que ese supuesto se cumpla: “Hay que estar del lado correcto de la historia”. Si bien esa frase puede apropiársela cualquier partido político, los electores deben ser conscientes del significado que tiene en lo más profundo.

Esta vez se trata de elecciones intermedias en las que a nivel federal se renovará la Cámara de Diputados, al elegirse 300 diputaciones por el principio de mayoría relativa y 200 diputaciones por representación proporcional.

A nivel local, se votará para 15 gubernaturas, 30 Congresos locales y de las alcaldías en 30 estados.

Históricamente la participación de los electores registrados en el padrón electoral apenas rebasan 50 por ciento, en el caso de las intermedias el abstencionismo llega a 70 y 80 por ciento en algunos casos.

El hecho de no elegirse Presidente de la República representa un gran desinterés de los votantes y este año en el que la pandemia aún está latente podría tener incidencia en la participación de los ciudadanos. Por eso aquello de que son las elecciones más grandes de la historia, aún está por verse.

Por otro lado la apatía de los mexicanos para participar en las elecciones y en política en general, es sabida de sobra, por eso la importancia de estar del lado correcto de la historia y salir a votar.

Los mexicanos, que han vivido en el encono político desde hace décadas, pero que fue recalcitrante durante las campañas y elecciones de 2018 y se mantuvo vivo en redes sociales hasta la fecha, ya saben por quién votar.

Las campañas políticas más que nunca han dejado mucho que desear. Continúan en el discurso de la descalificación y la total ausencia de propuestas.

Los candidatos son en su mayoría desconocidos hasta en su propia comunidad y son tantos los partidos políticos que la atomización del voto diluye la posibilidad de conocer a fondo las plataformas políticas.

Esto es lo que justifica en gran medida el análisis inmediato de los electores, quienes sólo recuerdan los que las diferentes administraciones han hecho por ellos.

En esta elección sólo hay dos propuestas distintas en el fondo, aunque en la superficie pueden parecer iguales.

Por un lado Morena, que con dos años y medio en el poder ha realizado una política asistencialista, cuyos programas estrella son los apoyos a los adultos mayores, a las comunidades indígenas, a los jóvenes, a las madres solteras, a la reconversión del sector salud que estaba hecho un desastre con más de 100 hospitales sin concluir.

La actual administración a pesar de la pandemia ha entregado los mejores resultados en materia de paridad peso-dólar, ha mantenido el costo de los combustibles y en pocos meses ha recuperado casi la totalidad de los empleos formales perdidos en los primeros meses de la crisis sanitaria por el Covid-19.

El salario mínimo que había estado en constante deterioro ha tenido aumentos importantes y se asegura que cada año el incremento estará por encima de la inflación, se acabó con el outsoursing, que no es otra cosa que la contratación ilegal de personal para escamotearle sus derechos, se revisó el reparto de utilidades, y en general la política laboral ha sido en favor de los trabajadores, incluso con el apoyo de la cúpula empresarial.

Por otra parte está la alianza PRI-PAN.PRD, que se une para evitar “la destrucción de México”, sin mayores argumentos y propuestas que la descalificación.

Durante sus gobiernos imperó la corrupción desde Carlos Salinas de Gortari, que entregó toda la industria para estatal, los bancos y las minas hasta Peña Nieto, que es cuestionado por los casos Odebrecht y la Estafa Maestra, entre muchos otros. El desmantelamiento de Pemex y CFE en las administraciones de Fox y Calderón. En esta última el caso García Luna se presenta como una sombra para los candidatos panistas.

Quitar esa imagen sin propuestas, sin haber renovado sus dirigencias y discursos será una empresa difícil.

Sobre todo porque sus diputados fueron sobornados para aprobar las reformas estructurales de Peña Nieto, que otorgaron contratos leoninos a empresas extranjeras, sobre todo en el ámbito de la generación de energía eléctrica.

Con estos antecedentes, las encuestas indican que Morena ganará la mayoría en el Congreso, por lo menos 10 de las 15 gubernaturas y en las presidencias municipales se prevé una tendencia similar.

El compromiso de los votantes está con los resultados que han obtenido de estas dos fuerzas políticas. Hay quienes están convencidos de que la Cuarta Transformación de la vida política de México debe continuar y consolidarse y hay otros, los menos, quienes añoran el viejo régimen que se niega a morir.

Por su puesto están en su derecho de llamar al electorado para que vuelva a creer en ellos, pero lo más seguro es que aún unidos PRI, PAN y PRD salgan aún más debilitados moralmente, porque saben a ciencia cierta que por sí mismos no tienen peso específico en la política y tendrán dos años para reinventarse y presentar dirigentes desvinculados con pasado con miras a 2024, panorama en el que no aparece hasta hoy una figura que pueda inquietar a los principales posibles candidatos de Morena.

Además los ciudadanos están conscientes del daño que han hecho los medios de comunicación ligados al poder económico y en administraciones anteriores al poder político, que destinaba cantidades millonarias a los dueños y a los columnistas que mantienen su campaña de mentiras.

Los votantes ya saben lo que se ha logrados en tan sólo dos años y medio y también están conscientes de lo que le ocurrió al país en los últimos 40 años.

Independientemente de las cuestiones político electorales los mexicanos deben estar del lado correcto de la historia y buscar la reconciliación. No se debe vivir en el encono. Necesitamos un país unido y con propuestas. Ya vimos que sí se puede.

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