
Por: Alejandro Zúñiga Olmos
@TuFantasma
La regresión del autoritarismo imperial en América Latina, especialmente en Colombia y Perú, le deja una lección a Brasil y a México que deben aprender si no quieren que desaparezcan los gobiernos progresistas y de izquierda del Continente.
La pérdida de estos bastiones no es un hecho aislado, sino una¹ advertencia contundente: el asedio contra el progresismo regional opera hoy a una escala global, articulada y profundamente financiada por la ultraderecha internacional.
En la segunda vuelta del 21 de junio de 2026, la izquierda colombiana, abanderada por Iván Cepeda, resistió con un robusto 48.70% (12.7 millones de votos).
Sin embargo, la presidencia le fue arrebatada por el ultraderechista Abelardo de la Espriella con el 49.66%, un micro-margen de apenas 250 mil sufragios dejó un país partido a la mitad.
De la Espriella asume el poder cargando con el estigma de ser el “abogado de delincuentes”, debido a su largo historial de defensa a figuras ligadas al paramilitarismo y la corrupción.
Su campaña contó con el respaldo político explícito y descarado de Donald Trump y el financiamiento de las grandes corporaciones que representa, inyectaron recursos masivos en estructuras paralelas de propaganda negra en redes sociales para capturar el voto de los jóvenes.
En la contienda peruana del 7 de junio, el candidato progresista Roberto Sánchez arrasó en el interior rural y la sierra sur defendiendo el voto popular.
No obstante, Keiko Fujimori se adjudicó la presidencia por un margen minúsculo de apenas 49 mil votos (50.13%).

El quiebre definitivo se operó desde el extranjero, donde corporaciones trasnacionales —desesperadas por blindar sus privilegios fiscales— concentraron recursos para movilizar el voto migrante y presionar las estructuras digitales, dejando el proceso bajo sospecha de manipulación.
Detrás de este vuelco no hay un desfondamiento de las bases de izquierda, sino la mano naranja de Donald Trump para imponer gerentes y no estadistas: administradores sumisos y obedientes, encargados de rematar los recursos naturales y eliminar trabas soberanas para que el gran capital se adueñe de la riqueza de los territorios, mediante condiciones autoritarias para hacer más ricos a los de siempre.
El camino de la resistencia y la organización popular.
La lección fundamental para México y Brasil es clara: la única trinchera capaz de frenar el avance del autoritarismo imperial es la organización popular y la conciencia histórica.
Confiar la continuidad de los proyectos progresistas únicamente a en las estructuras institucionales es un grave error táctico frente a maquinarias respaldadas por miles de millones de dólares.
Para cerrarle el paso al injerencismo que quiere apropiarse de los recursos naturales, los pueblos tienen que participar cada día más en política, informarse, difundir y documentar lo que ha ocurrido históricamente con los gobiernos de derecha.
En este sentido, experiencias comunitarias postrevolucionarias, como las que históricamente se dieron en Cuba, siguen siendo ejemplares para fortalecer la unidad interna y demostrar que la organización desde las bases es el antídoto más eficaz contra cualquier desestabilización externa.
La izquierda tiene la obligación urgente de abrir mesas de análisis, de trabajo: organizar conferencias y asambleas donde se discutan los problemas sociales a profundidad y de manera histórica.
Los pueblos deben conocer la historia de las luchas sociales y la memoria de sus territorios para contrarrestar la narrativa corporativa.
Vivimos un momento clave para el futuro de las nuevas generaciones; es imperativo que las y los jóvenes tomen conciencia de la ofensiva del trumpismo, conozcan el pasado de sus tierras y se involucren directamente en la lucha por la defensa de sus derechos.
Solo un pueblo que conoce su pasado y participa activamente en la defensa de su soberanía puede evitar sufrir regresiones terribles como las que hoy ensombrecen a Colombia y Perú. Unidad Nacional.