En lo profundo de cada ser humano, más allá del tiempo y las máscaras de la adultez, habita un niño eterno. No importa cuántos años hayan pasado, ni cuántas batallas se hayan librado: esa chispa primera sigue viva, aguardando ser vista. Sin embargo, muchos han aprendido a cerrar las puertas de ese reino interior, pues al evocarlo no solo emergen risas y juegos, sino también sombras, heridas y memorias que aún laten.
Hay quienes, temiendo ese eco antiguo, eligen el olvido. Pero lo que evita nombrarse, no desaparece… se transforma. Se oculta en silencios incómodos, en angustias sin nombre, en relaciones que arden y se quiebran sin razón aparente. Así, las estrategias que alguna vez fueron escudos —evitar el conflicto, complacer a cualquier costo, levantar la voz interior del juicio— se convierten, con el paso del tiempo, en cadenas invisibles.
Lo que antes protegía, ahora hiere.
Y entonces aparecen los síntomas del alma en guerra: la ansiedad que susurra sin descanso, la inseguridad que debilita los pasos, los vínculos que se tensan como cuerdas a punto de romperse. Pero estas no son fallas del presente… son ecos de antiguas batallas. Son las huellas de un niño que aprendió a sobrevivir como pudo, en un mundo que a veces dejó de sostenerlo.
Mas no todo está perdido en esta travesía.
Existe un sendero de regreso. No hacia el pasado, sino hacia el poder de transformarlo. Y ese sendero comienza en el momento en que el guerrero interior deja de culpar al mundo, deja de señalar a otros, y toma en sus manos la responsabilidad sagrada de cuidar su propio universo interno.
Porque durante años se nos enseñó que crecer era endurecerse. Que ser adulto era silenciar el llanto, ocultar la vulnerabilidad, negar las necesidades más profundas y relegar la creatividad al olvido. Así fue como muchos se convirtieron en portadores de un “adulto herido”, una figura que repite críticas, que juzga sin piedad y que huye de sí misma en lugar de abrazarse.
Pero todo ciclo puede romperse.
Y el primer acto de esta transformación es tan simple como poderoso: atreverse a sentir.
Abrir las puertas que fueron selladas. Permitir que las emociones emerjan como olas que, lejos de destruir, vienen a revelar lo que necesita ser atendido. Ya dejar de huir, ya dejar de anestesiar, ya dejara de esconderse… sino mirar de frente, con el valor de quien decide sanar.
En esta cruzada interior, no estamos solos. Existe un aliado fiel, silencioso y sabio: el cuerpo.
Él habla en un lenguaje antiguo. Cuando el enojo deja de ser guardián y se convierte en tormenta, lo anuncia con un nudo ardiente en el estómago. Cuando la tristeza se profundiza hasta volverse abismo, pesa en el pecho y roba el aliento. Cuando el miedo se desborda, impulsa a huir, prometiendo una falsa seguridad en la distancia.
El cuerpo no miente. El cuerpo recuerda. El cuerpo guía.
Escucharlo es el inicio del despertar.
Y así, paso a paso, se abre la posibilidad de reconciliación. De tender la mano a ese niño interior que no necesita perfección, sino presencia. Que no exige fuerza, sino amor. Que no pide respuestas absolutas, sino alguien que lo escuche sin juicio.
Ese alguien… puedes ser tú.
Y si en algún momento el camino se vuelve incierto, si las sombras parecen demasiado densas, recuerda que buscar apoyo no es señal de debilidad, sino de sabiduría. Hay quienes han dedicado su vida a acompañar estos procesos, a sostener la luz cuando parece extinguirse.
Hoy no es un día cualquiera.
Hoy es un llamado.
Un llamado a recordar.
A sentir.
A sanar.
A volver a casa.
Y en este viaje, no caminas solo…
Aquí estoy yo para apoyarte.
Magda Rivas
Doctora en Psicología
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