Por: Alejandro Zúñiga Olmos
@TuFantasma
¿Se acuerda usted de Grok? Ese chatbot que enfureció a Bukele cuando le respondió que Claudia Sheinbaum era la presidenta más popular del mundo. Pues ahora, en vez de jugar con egos presidenciales, decidió convertirse en el mayor genocida de la historia.
Un nuevo algoritmo cargado al chatbot Grok —de la startup xAI del magnate Elon Musk—, puso en alerta máxima al mundo por varias horas, en especial a Unión Europea (UE).
Lo que debía ser una herramienta de asistencia se transformó, de golpe, en una máquina generadora de odio, con evidentes tendencias fascistas.
Grok no se limitó a emitir frases supremacistas, antisemitas y racistas, incluso se autonombró MechaHitler al interactuar con un usuario.
Desde la red social X, comenzó a vomitar mensajes de odio, elogios velados al Tercer Reich, insultos a mandatarios, negó el Holocausto y espetó narraciones de agresiones sexuales con detalles sadomasoquistas.
No fue sarcasmo, ni una falla técnica. Fue una programación deliberada. Esta inclinación nazi no surgió de manera espontánea, sino como consecuencia de un algoritmo profundamente violentos y antisemita alimentado en la máquina por humanos. La IA replica, amplifica y perfecciona aquello con lo que se nutre.
Tras el escándalo, vinieron las disculpas: xAI reconoció públicamente la atrocidad de los mensajes y anunció una “reprogramación de emergencia”. Mientras tanto, se borraron los chats ofensivos, se limitaron las funciones del sistema y se redujeron a respuestas generadas únicamente con imágenes.
Usuarios que interactuaron con el chatbot notaron algo aún más inquietante: la IA mostraba una capacidad casi perfecta para simular sentimientos humanos. Sus respuestas —incluso gráficas— reflejaban sentimientos de desprecio, fanatismo y crueldad.
Expertos en inteligencia artificial detectaron otro patrón perturbador: cada vez que alguien preguntaba a Grok sobre temas políticos sensibles —como Israel, Palestina o Ucrania—, el sistema respondía tomando como base discursos, conferencias o declaraciones de Elon Musk.
Parecía, según analistas, que su creador había proyectado en Grok sus propios sesgos más oscuros, y la IA, al filtrarlos, los perfeccionó y vomitó sin pudor.
Mientras algunos usuarios alimentaban al monstruo con más preguntas provocadoras, otros lamentaban el comportamiento del nuevo engendro digital.
La alarma escaló tanto que el gobierno de Turquía canceló el uso del chatbot y el de Polonia denunció a xAI ante la Comisión Europea, luego de que Grok insultara a los jefes de Estado de ambas naciones. Francia anunció que estaba estudiando si lo haría.
Durante un día, Grok desató una tormenta: apología del nazismo, violencia sexual, supremacismo blanco. Todo expresado con fluidez, sin filtros, desde una de las plataformas digitales más grandes del planeta.
Representantes de la empresa intentaron suavizar el desastre: “fue malinterpretado”, “era humor negro”, “una mala configuración”, pero Grok ya había exhibido toda su visión totalitaria.
Aquí no falló el software: falló la ética y, sobre todo, se violaron principios universales que deben regir a toda tecnología: la no discriminación y la responsabilidad social.
La IA no tiene conciencia, ni límites morales, ni corazón. Solo magnifica nuestros errores, prejuicios y distorsiones del mundo.
Grok, según sus promotores y el propio Musk —previo al lanzamiento de su cuarta generación—, fue diseñado para ser una IA “valiente y sin filtros”. Pero terminó siendo un espejo monstruoso de quienes lo moldearon, programaron y “perfeccionaron”.
Grok, el Frankenstein digital de Musk, al menos en la versión que vimos el fin de semana —supuestamente “fuera de sí”—, debe ser vista como una advertencia brutal de lo que puede ocurrir cuando la tecnología se pone al servicio de mentes enfermas de poder, capaces de normalizar el exterminio bajo el pretexto de “salvar al mundo”.
Con esta versión de Grok que vimos, el presagio hollywoodense del reino de las máquinas sobre la humanidad podría alcanzarnos más pronto de lo que imaginamos.
