Contrapunto: ​Morena ante el espejo: La rémora del nepotismo, las tribus y el reto de la profesionalización política

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​La lección de los partidos tradicionales: Espejos del pasado

​La historia reciente del sistema de partidos en México es un cementerio de siglas que traicionaron sus propios orígenes.

PRI, PAN, PRD y el PVEM encarnan hoy la consecuencia directa de lo que ocurre cuando una organización política sucumbe ante los apetitos de las cúpulas, el pragmatismo sin respeto a principios y el reparto discrecional de posiciones entre familiares, cuates e incondicionales.

Las llamadas “tribus” y el autoritarismo interno convirtieron a estos institutos en cotos de poder muy alejados de las demandas ciudadanas.

Hoy, Morena se encuentra ante una encrucijada histórica: o extirpa esta pesada rémora desde la raíz, o corre el riesgo inexorable de transitar por la misma ruta de descomposición y deslegitimación que sepultó a la oposición tradicional.

​La cancelación del nepotismo y las cuotas de poder

​Uno de los golpes más certeros que puede dar un movimiento político en su etapa de consolidación es la prohibición absoluta y real del nepotismo.

La práctica de heredar cargos públicos, candidaturas y espacios de toma de decisiones entre parientes no solo corrompe el servicio público, sino que destruye la movilidad democrática interna y genera un profundo descontento en las bases militantes.

Erradicar esta rémora familiar significa cerrar el paso a las argollas que secuestran los ideales partidistas para convertirlos en negocios de clan.

Aunque la reforma constitucional impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum contra el nepotismo ya ha sido aprobada, los artículos transitorios determinaron diferir su entrada en vigor hasta los procesos electorales de 2030.

Esta pausa temporal representa una prueba de fuego y un llamado de alerta: si para el año 2027 Morena y sus aliados esperan a que la ley los obligue formalmente en lugar de asumir esta congruencia por convicción propia, el partido correrá el riesgo latente de perder credibilidad por perpetuar los mismos vicios que prometió combatir.

Sin esta ruptura ética anticipada, cualquier discurso de transformación social pierde sustento frente a la realidad de los privilegios heredados.

 

​El fin de las tribus y el combate al autoritarismo

​El cáncer de las corrientes internas o “tribus” funciona como una rémora que arrastra a los partidos hacia la parálisis y la simulación, priorizando la negociación facciosa y la cuota de poder por encima de un proyecto progresista de nación.

Cuando los partidos se fragmentan en feudos controlados por caciques locales o corrientes que imponen candidaturas desde el escritorio, el autoritarismo interno se apodera de la estructura.

Para Morena, consolidar un proceso de renovación auténtico exige desterrar las imposiciones cupulares y garantizar una vida democrática abierta, donde las decisiones colectivas pesen más que los intereses de grupo.

La unidad no se decreta mediante la simulación, sino a través del respeto a la base y la transparencia en los procesos de elección interna.

​La urgente formación de cuadros y la profesionalización de la política

​La política no puede seguir siendo un espacio de ocurrencias o de improvisación al amparo del influyentismo.

Se requiere con urgencia una sólida formación de cuadros y una auténtica profesionalización de quienes la ejercen.

Esto implica dotar a quienes participan en el servicio público de herramientas técnicas, ideológicas, éticas y administrativas que garanticen un ejercicio de gobierno a la altura de las necesidades del pueblo.

Un político profesional no es aquel que se perpetúa en el cargo mediante acuerdos en lo oscurito, sino el servidor público capacitado, con convicciones y vocación social que comprende la complejidad del Estado y responde con eficacia y honestidad a las demandas de la ciudadanía.

​De la verticalidad a la raíz: Extraer los cuadros de las comunidades y los barrios

​El error histórico de los partidos tradicionales fue generar sus liderazgos de manera vertical, artificial y burocrática, encerrados en oficinas gubernamentales y cúpulas partidistas alejadas de la realidad social.

La verdadera renovación exige un cambio de dirección: los cuadros políticos deben extraerse desde las comunidades, los barrios, las colonias y el tejido vivo del mismo tejido social.

Son los liderazgos comunitarios, aquellos que han caminado codo a codo con la gente y conocen de primera mano los problemas, las carencias y aspiraciones de sus pueblos, quienes deben asumir el relevo generacional.

Solo así se mantendrá el vínculo inquebrantable entre el poder y el pueblo al que sirven.

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